miércoles, 27 de agosto de 2008

Como un helado de chocolate francés en primavera

Difícilmente se me escaparía de las manos, esta vez la tenía como un guante de gabardina… después de tanto buscarla, las trampas que sorteó para escaparse de mí, los números imprecisos y los cálculos incalculables.
Los deseos obsesivos nos pueden hacer mal… pero ya era mía, y ahora que la tenía sabía que su destino se rendiría a mis caprichos y a mi mal gusto… Esta vez podría golpearla, como tantas veces eh soñado. Moretearle el rostro con el filo de paraguas inservibles o el costado izquierdo del limpia pisos… Cuantas veces sentí ser aquel represor con la picana en mano, para achicharrar sus carnes en una necesidad por escapar de su ausencia y el atrevimiento de desearla en las tardes después de un té de tilo bien cargado…
Cuando estoy cerca, y solo cuando centímetros nos separan, invento mil teorías de escape racional, quiero encerrar mi alma y sus pensamientos entregarlos a los cuatros vientos para escupir en sus extremidades los restos de luz y de teoría de manifestación, elevando un piquete de opresión de enfermedad terminal, cual avispa que se defiende de sus conclaves enemigas…
Perdí lo valioso de vivir y todo lo valioso que tenía en mi vida, sin embargo conseguí el triunfo, las ganancias de las pérdidas, perdidas en las anécdotas de un mejor pasar, material de sustancia biótica que ahora se implanta en las carnes de los que desean seguir, pero han perdido el obstáculo de solucionar su existencia con transportes de larga distancia…
Guardo mil números desconocidos en un espacio reducido, y aunque dicen que el conocimiento no ocupa lugar, las distancias influyen en los espacios vacíos, abunda el sosiego. Benevolencia transpirada, en la camiseta llena de absurdas coincidencia estropeando los juegos “de tener y dejar”, sólo por que somos escuderos de un corazón estúpido, que en mil ataques cardíacos construyen rencores desolados, en rincones de sol o a nuestro lado…
Ahora que la tengo y puedo elegir, si es su partida la que, partida, me esconderá cada pedazo de luz oscura, o si al retenerla no conseguiré tener la dicha de unos guantes de gabardina azul, que en un entre casi afrodisíaco la violan mis dedos de movimiento constante, en una caricia extremadamente superficial…
Es fácil dejarla ir, es más, no cuesta demasiado, menos tiempo junto a ella, hacen desearla más… como un helado de chocolate francés en primavera.

26 de Marzo del 2008.-

1 comentario:

Gimena Nogales dijo...

Todos tenemos un lado oscuro, muchas veces pensamos en escondernos, en desaparecer. Y como de carne somos, nos cuesta desprendernos, dejar ir... pero aunque este lejos, el mismo hecho de querer olvidar nos hace recordar y vivir deseando eso que no es nuestro. Besos Ariel